Un día, Medea y Yerma se encontraron en la casa de una amiga en común, María. Cada una sabía la historia de la otra, y después de haber bebido unas copas de más, Yerma comenzó una conversación que todas las presentes en la casa pensaron que jamás tendría fin.
Yerma: Nunca pude entender como pudiste hacerle eso a tus hijos, realmente nunca.
Medea: Tú nunca los tuviste, como para poder decir eso.
Yerma: A pesar de que nunca tuve hijos creo que nunca podría haberlos asesinado, y menos sólo por venganza a tu marido.
Medea: De maridos tú no puedes hablar, después de haber asesinado al pobre Juan, que con mucho esfuerzo se encargaba de llevarte el pan a la mesa.
Yerma: No tienes idea de lo que estás hablando, Medea, Juan no era lo suficiente para mi, y además, aunque yo no podía tener hijos, él tampoco quería dármelos. ¿En dónde se vio eso? ¿Acaso en el mismo lugar en el que una madre mata a sus hijos? Además, ¿acaso tú no has asesinado a los tuyos?
Medea: Claro que no Yerma, yo no lo he hecho, y nunca podría hacerlo.
Yerma: Si que eres una mujer terca, aunque no lo quieras asumir lo has matado, ¿imagínate si alguien más hubiese matado a tus hijos? Te estaría matando a vos también.
Medea: Claro que no, yo soy una mujer fuerte y nadie nunca podría hacerme eso’
Yerma: Nadie podría hacerlo porque no hay persona en este mundo que sea tan cruel como vos y que pueda hacer una cosa así.
Medea: El se lo merecía, realmente se lo merecía.
Yerma: ¿También tus hijos? Tú no sabes lo que significa para mi el tener hijos, y gracias a dios nunca lo sabrás.
Medea: Tú no sabes lo que es el tener hijos, no puedes hablar de ello.
Yerma, como una mujer sensible, se pone a llorar y aunque simulaba no estar haciéndolo. Medea, al darse cuenta de que esta conversación no llegaría a ningún lado como también lo creían las amigas, testigos de la conversación, se levantó orgullosa y salió sin despedirse hacia su casa.
¡Muy bueno, Mariana!
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